sábado, 5 de abril de 2008

Manuel García-Cartagena

Manuel García-Cartagena (Santo Domingo, 1961) es Doctor en Letras Francesas Modernas por la Universidad François Rabelais de Tours, Francia, donde su tesis titulada «Enjeux du “Je” dans les romans des surréalistes» ("Las apuestas del “yo” en las novelas de los surrealistas") obtuvo la mención “Très honorable”, y la recomendación del jurado para su publicación. En esa misma universidad ocupó el puesto de Lector de Español, de 1992 a 1995 y, en 1996, fue nombrado Agregado Temporal a la Enseñanza y a la Investigación. De regreso a su país natal en 1997, ejerció durante varios años labores docentes en varias universidades dominicanas (INTEC, UTESA, UASD), así como en la Alianza Francesa de Santo Domingo. Actualmente es el Editor de Lengua Española y Literatura de Editorial Santillana en Santo Domingo. Narrador, ensayista, traductor, poeta y crítico literario, ha publicado tres novelas: Bacá (2007), Historia de Almueje (1999) y Aquiles Vargas, fantasma (Premio Siboney de Literatura de 1986), un libro de cuentos: Historias que no cuentan (2003), cinco libros de poemas: Mar abierto, 1981; Poemas malos, 1985; Palabra (Premio Siboney de Poesía de 1984); Los habitantes, 1985. En 1984, la Fundación Cultural Dominicana publicó su traducción al español de la versión en lengua inglesa del poema Almost at the end, de Yevguéni Evtuschenko bajo el título Fukú.


À mon condor


Mientras llega tu mañana, rompe con todo;
sé tan sólo tú, aunque pagues el precio
de conocer el vacío que vive en cada sombra.
Sal de ti y ponte a amar
la primera forma bella que a tu paso encuentres.
Habítala sin dudas: tu deseo nunca miente.
Aléjate de quienes, por envidia o por prudencia,
intenten frenar tu marcha.
Conserva un buen libro, un par de amigos,
el amor a lo bello y tu inocencia.
Después vendrá la orden
que te hará morder el polvo,
y te verás cambiar hasta no reconocerte.



Consuelo para gotas


Camino del lago con su cuerpo a cuestas,
para al fin ir a perderse entre burbujas y peces,
ya suelta, casi pateando, un último quejido.

Al aire ella llamaba su máxima locura, y avanzaba
entre cardos y escolopendras, dudando,
pero qué brillo perdían cada vez más sus ojos.

Esa gota tuvo un día conciencia de ser agua,
y en el lago pensaba resolver su destino,
como alguien que escribe una vida ajena.

Hoy acude, ya sin prisa, a su última cita.
Mañana, sólo el agua la echará de menos.



Nadie está a salvo


Brilla, estrella de la hoja,
gánate esta noche peluda de gritos
sentada en mí como una visión,
púdreme el deseo.

Brilla y llévame de vuelta
al país de pensar la cárcel rota,
la tarde sin ventanas y la fiel amante.

Brilla y ruge loca de dominios,
verde en disparates y aviones miopes:
como una viuda alegre,
brilla más en tu tristeza.

Destruye la unidad y vive sola,
triúnfate en la muerte del poema vivido.



Magma ebrio


Mi cuchillo está enfermo de techos que se mueven,
y mi pobre noche llena de naranjas muertas,
llorando globos rojos se va yendo al paraíso.
Mi valium baila ahora un verde en mi barriga,
mi cuchillo se ha clavado en un pecho inmóvil.
Este es el que mató con un cuchillo a sus orígenes,
sin cenizas que poblaran de nuevo sus venganzas;
coleccionista edipo, árbol rayado en sus nubes,
toda ley sangra, todo pecado ayuda.

Este soy, el cuchillo que cena con las cosas,
la quimera con lentes de barro loco, el mundo.

Mi triste cuchi yo, el pan del génesis,
la sangría, el velo, resquicios lentos,
mi carga mala ya está inválida de los ojos
para arriba, y mi feudo cerrado al diente ardiente:
una cama que late, una espalda mordida.




Centro del mandala



Alabado sea tu hoyo, cosa que vive,
grande es el humo que no me llega,
todo lo que te late me palpita y tumba
armándome vencedor de los quicios rotos.

He aquí tu himen, amada muerte,
por él maté a las últimas
manos que me saludaban.

Alto como el mejor asesino,
mentí mi vida
mientras el mundo me veía
crecer y hacerme.

Ahora en tu boca pasto y bufo,
duermen los buitres que merodean mi lengua,
no hay desiertos tan dulces
como tu cueva.



Sutra # 255521589722118662


El tiempo de la carne es el tiempo del dolor:
la voz abierta como un chorro,
en los ojos las pisadas de un pensamiento
que se niega a existir,
el grito decapitado que se oye a sí mismo
mientras cae en su cabeza.

Todo el tiempo de ser es el de inventarse,
y el tiempo de inventarse es el tiempo del dolor:
tan sólo un río que se seca en otro río,
tan sólo un tiempo sumergido en otro tiempo.

No hay victoria para aquel que triunfe sobre el deseo.
El río sigue,
la corriente continúa mostrando su mismo rostro.
Nada es igual a la Nada en el fondo del tiempo.


© G. C. Manuel