sábado, 5 de abril de 2008

Víctor Bidó

Víctor Bidó
(Santo Domingo, 23 de Mayo de 1959)
Libros Publicados: Cuaderno de Condenado (Biblioteca Nacional, Colección Orfeo,1986), Poemas de la Tortuga (1994), Suma Presencia (2000)





EPILOGO DEL RUGIENTE


¿Hay modo alguno de ventilar
esos graves designios?
La escritura puede ir más cerca,
un poco más a seguir días,
mirando la torcida calle
por donde las gentes guardan
sus envidias y discordias;
verlos sonreír fofamente,
anhelando ocultar su propia oscuridad.
¿Qué será del viejo rugiente?
Ese viejo ser de mínimas hierbas,
atolondrado,
hilachándose por alcanzar
dos calles al sol;
confiando que en sí se abrirá el abanico,
se morderá el impúdico labio
de una extraña.
No opina sino descarga,
grita anidándose en su imaginación.
Dejando pasar lo que nunca
se atrevería a repetir.
Camina por la calle agujereada de luz
apretando el paso cuando el miedo
corta su paz.
Sigue así como un carbunclo,
como un animal precioso que nadie toca,
que muchos han herido,
batallador de una sola guerra,
el mismo en las múltiples edades,
en la misma cárcel del sueño
su espada,
el verbo que se olvida,
fugaz como un blasón
que está enterrado
bebiéndose el agua.
Va el rugiente cancelando
su voz por sostener un castillo de cielo,
un perfecto ademán,
un amigo
como una cabellera amarilla en la cartera.

Ruges y no te oyes,
saltas y eres inmóvil.
Milagros esfumándose
en el designio verdeante ventana.
Gracias y desengaño
viene
y un carajo
es un justo prendedor
en la noche que nadie
le importa mitigar.


El Mundo Salvado

El mundo estalla a mi antojo
frente al papel que aniquilo de tanto amarlo,
en estalactitas fibrosas
marcas los largos galopes de este lápiz!
La mancha, como ornamento insulso y moroso,
me descubre un arroyo de rayos
en la pendiente de una mujer.

En su valle pavoroso de nubes sagradas
tiendo el cuerpo como acariciados aerolitos
que me dan penas y locuras hambrientas.

Si mundo eres, sobre ti cabalgaré hasta la inocencia;
será un triunfo sobre tu descuido.

Arrojaré la carne de mi porvenir
en el paño sudoroso de la sombra que construyes.

Mi lecho carga cañones del ansia
en cada cuerda que el mundo brinda.
El mundo no estalla porque tú lo salvas
de la garras que yo he armado;
eres mi cárcel y mi victoria
en el llanto de este lápiz.



{Del libro Cuaderno de Condenado}




Elegía de la madre que se va


El hueco llama desde el rondo
y mamá se va de viaje
y mamá llora desolada.

El silencio aguarda las lágrimas
y he de contemplar las atribuciones.
Quedo sacrificado al deseo,
atónito ante la impotencia
o el cuerpo herido de mi cuerpo.

Los puños se crispan y de ellos
una llamarada, una cuerda oscila
entre el pasado y mi derrotado presente.
La cuerda me llama a la consumación,
en su anillo un torrente de madres
crujen como un cristal.
Yo tan inane vuelco la desgracia
con un golpe en el aire,
como una imprecación baladí.

El hueco llama desde el rondo
y mamá se va de viaje
y mamá llora desolada.

¿Cómo abrirme las venas pobladas de sollozos?
¿Cómo no herir el ojo indiferente?

Hay tanto dolor en una madre desolada,
tanta la violencia que morir es una ofrenda.
¿Cómo batir el impulso cuando se desgarra el alma?
Estas piedras son testigos,
piedras encendidas que se pudren
de tanta angustia.

Ya sabrás mi cuerpo el dolor
de una madre que llora desolada.

Lo peor, ver partir a mi madre
cuando el hueco llama desde el fondo



[Del libro Poemas de la tortuga]



Monólogo de la tortuga I


Es un caparazón como el cielo mi espalda
y mi pecho siempre contra la tierra, puedo
esconderme en el cuando la incertidumbre
me cobija, cuando los fuertes amenazan ahogarme,
sin embargo me ahogo sin morir, más los tiempos
no me olvidan, y sigo lentamente mis cavilaciones.
Muchas veces, como un sofista, retozo con mis
creencias hasta más no poder y siento una biografía
celeste en mis patas.

Soy milenario.

Me río irónicamente del drama de los hombres.
Paseo por el Nilo, Grecia, Cataluña, París, Santo
Domingo o Moscú; para mi ningún sitio es lejos.



Oda a la mujer


Mujer,
desde tu ventana se ven las espadas marinas
de los enamorados perforados en la guerra,
ellos traen torcidas armas que jugaron a los
naipes del cielo, sin sentir la muerte en
sus sombras cruzaron el ala nocturna: ellos
devuelven el sudor amado de tus brazos, el
reír hambriento de tu pecho
como ráfagas de fruto en el corcel de la
mirada de un niño feliz y muerto.

Mujer,
saludos, palmadas, retiro, memoria de abejas,
cristal de niña de furia dejan en los abalorios
aquellos que sacrificaron la esperanza
para darte la vida en la brevedad de la
caricia. Oh, eres: verdor del trueno en los
campanarios del verano, en ti esta el humo
de tus amados muertos.


[Del libro Cuaderno de Condenado]



La morada


En la ventana el cigarrillo
con el hilo azul de la moratoria.
Opuesto al otero y a la infancia
busco el Tao.
Posiblemente la volátil sensación del alma
en el inmueble de las donaciones.

El ojo en el cadalso.

Lo inexplicable salva el mundo.

En la calle los automóviles
y la sonrisa puntual del reloj
y, como una muchacha desengañada,
la tarde campanea por las paredes.
La siento como un anatema en la memoria.

(Cierro la taza la hierba y la esquina
como un precipicio)

El mito resurge y saquea.
En la lluvia se pasea el instante
y no percibo los muertos de mi genealogía.

Un salto, el cigarrillo ha quemado
el borde de la ventana; estornudo
y una mujer junto a la puerta.

¿Cuál será mi morada?



[De Suma presencia]



© Víctor Bidó